Cuando una entidad pública contrata la construcción de una placa huella, un puente vehicular o un polideportivo, el expediente que queda en el SECOP II tiene un valor, un contratista, unas fechas y una descripción en prosa del objeto. Lo que no tiene —nunca— es una coordenada. El sistema que registra en qué se gasta el dinero de la contratación colombiana no registra dónde queda lo que se construyó. Quisimos saber si esa ausencia se podía salvar y si, salvada, el satélite serviría para ver si la obra pagada dejó rastro en el terreno. La respuesta corta es que no, y lo publicamos completo, con los números que lo dicen.
El universo de trabajo son 16.847 contratos de obra firmados desde enero de 2024 cuya fecha de terminación ya se cumplió: si la obra existe, ya tuvo tiempo de existir. Sobre una muestra aleatoria de 100 clasificamos qué nivel de ubicación permite extraer el texto del objeto contractual. Nivel 0, solo el municipio: 51 de cada 100. Un centroide municipal no sirve para verificar nada, porque un municipio colombiano promedio tiene cientos de kilómetros cuadrados. Nivel 1, una vereda, corregimiento o centro poblado nombrado: 23. Nivel 2, un sitio identificable —una institución educativa con nombre propio, un puente sobre un río determinado, una vía que conduce de un punto a otro—: 26. Es decir, el 49% de los contratos de obra dice dónde queda la obra con una precisión mayor que la del municipio.
Saber el nombre de una vereda no es lo mismo que saber dónde está. El primer intento lo hicimos contra OpenStreetMap, que es la fuente que usa casi todo el mundo por defecto, y el resultado fue desalentador: de doce veredas nombradas en la muestra, siete sencillamente no existían en la base. Estuvimos a punto de cerrar el estudio con ese número. El error era nuestro: la capa oficial de veredas del IGAC —32.377 polígonos con nombre de vereda, municipio y departamento, publicada como servicio abierto— resuelve lo que OpenStreetMap no tiene, porque la cartografía rural colombiana la levanta el Estado colombiano, no la comunidad global de mapeo. Con la capa oficial, el 54% de esos casos cae en un único polígono. Vale la pena decirlo sin adornos: nuestra primera conclusión fue equivocada, y lo fue por elegir mal la fuente.
La segunda restricción no es de datos sino de física. La imagen satelital gratuita y sistemática es Sentinel-2, del programa Copernicus, con diez metros por píxel. Una placa huella de tres metros y medio de ancho no llena un píxel: ocupa el 35% de él. Una escuela rural de cuarenta por treinta metros son unos doce píxeles. El alcance realista, entonces, nunca fue "las obras públicas": son vías terciarias y placa huella, puentes, canchas y polideportivos, parques y tanques de acueducto. En nuestra muestra, el 29% de los contratos de obra son de ese tipo. Cruzando ambas puertas —ubicación con punto único y obra de tipo visible— quedan entre siete y nueve de cada cien contratos, alrededor de 1.500.
Con ese subconjunto medimos. Y aquí está la parte del método que consideramos la más importante del estudio, porque es la que impide engañarse: además de comparar el antes y el después de la obra, corrimos el mismo análisis sobre dos periodos que son ambos anteriores a que la obra empezara. A eso lo llamamos la ventana placebo. Cualquier cosa que el método marque ahí es un falso positivo por construcción, sin necesidad de ir a campo a comprobar nada. Si la ventana real no le gana claramente a la placebo, no hay señal.
No le gana. Sobre 20 contratos de vía terciaria y placa huella en Cundinamarca, midiendo 1.091 tramos de vía de 200 metros, la ventana real produce un cambio más extremo que la placebo en 12 casos de 20. Si no hubiera ninguna señal se esperarían 10, más o menos 2,2. Está dentro del ruido. El candidato más fuerte de todos ilustra el problema mejor que cualquier estadístico: un contrato cuyo objeto dice literalmente "mejoramiento de la vía que comunica del casco urbano a la vereda Altania" marcó un tramo con fuerza… y el placebo de ese mismo sitio, entre dos periodos en los que no pasó nada, marcó uno casi el doble de fuerte. La explicación es aritmética: el ruido de fondo entre dos periodos sin obra es de 0,083 unidades de NDVI, y el techo teórico de la señal de una placa huella es de 0,157. Menos del doble del ruido, en el mejor de los casos imaginables.
Probamos entonces la hipótesis que parecía salvarlo todo: las obras de superficie. Una cancha múltiple de 32 por 19 metros no ocupa el 35% de un píxel, llena seis píxeles enteros; un polideportivo, trece. El techo de señal sube a cinco veces el ruido. Cambiamos también el método: en vez de medir tramos predefinidos, barrimos la vereda completa buscando cúmulos conectados de píxeles que pierden vegetación y ganan brillo a la vez, porque cuatro píxeles pegados que cambian juntos son mucho más improbables por azar que uno suelto. Falló peor. Sobre 12 contratos de canchas, parques y polideportivos, la ventana placebo produjo más cúmulos que la real —128 contra 118— y la real solo ganó en 3 de 12. Se cumple en todos los tamaños de cúmulo que probamos.
El detalle que explica el fracaso entero es que el detector no está ciego. Encuentra unos cuatro cúmulos de cambio por vereda, consistentemente, en las dos ventanas. Eso es cambio real de superficie: un potrero rotando, una cosecha, una quema, un cultivo nuevo. Sentinel-2 ve el campo colombiano cambiando perfectamente. Lo que no sabe es cuál de todos esos cambios es la obra. Y ahí está el fondo del asunto en un número: una cancha son seis píxeles, y la vereda donde hay que buscarla tiene 76.357. Si supiéramos la coordenada, mirar seis píxeles sería trivial: se abre el antes, se abre el después y se ve. El cuello de botella nunca fue el satélite.
Así que fuimos a buscar la coordenada a todas partes, y tampoco está. SECOP II tiene un campo llamado "dirección de ejecución del contrato" que está diligenciado en el cien por ciento de los contratos de obra, y durante un rato pareció la solución. No lo es: el 74% de las entidades con cinco o más contratos de obra usan una sola dirección para todos ellos, el 77% tiene nomenclatura urbana de calle y número, y de 1.201 contratos cuyo objeto nombra una vereda, exactamente uno la menciona también en la dirección. Una placa huella rural en Maripí, Boyacá, trae como dirección de ejecución la de la alcaldía. Es el cuarto campo de SECOP que describe a la entidad contratante en vez de a la obra contratada, junto con ciudad, departamento y localización. Fuera de SECOP el panorama no mejora: el Plan Anual de Adquisiciones no tiene campos geográficos, los datasets de proyectos del DNP no traen coordenadas y su referencia de contrato es texto libre que no empalma con el identificador de SECOP, MapaRegalías dejó de existir y su sucesor, MapaInversiones, es un mapa coroplético de municipios sin puntos de proyecto. Lo único que encontramos con coordenadas reales son inventarios municipales sueltos y un fondo específico de reconstrucción.
Queda por decir lo que este método no autorizaría a afirmar aunque hubiera funcionado, porque importa igual. Que un algoritmo no detecte cambio en la superficie no significa que la obra no se haya hecho. Puede significar que la ubicación estaba mal, que hubo nubes, que la obra es subterránea o bajo cubierta, o que era un mantenimiento que por definición no cambia el paisaje. La frase correcta habría sido "no se detectó cambio visible en superficie durante la ventana de ejecución", con la resolución, la fecha de las imágenes y la incertidumbre de la ubicación al lado, y siempre con los recortes de imagen a la vista para que juzgue una persona. Cualquier formulación más contundente sería, además de técnicamente falsa, difamatoria.
Publicamos esto porque el resultado negativo es más útil que el silencio. Hay una idea que suena obvia —cruzar contratos de obra con imagen satelital para ver si la obra existe— y que circula lo suficiente como para que valga la pena decir con números por qué no se sostiene hoy con datos abiertos. No se sostiene por el satélite, que ve bien: se sostiene mal porque el Estado colombiano publica en qué gasta y con quién, pero no dónde. El día que un contrato de obra traiga una coordenada, el problema cambia de naturaleza por completo: deja de ser buscar y pasa a ser comprobar. Mientras tanto, preferimos no construir una herramienta que produciría observaciones que no podríamos defender.
Nuestras muestras son pequeñas —20 contratos lineales y 12 de superficie— y eso también hay que decirlo. Permiten descartar que el método funcione bien. No permiten descartar que funcione en una minoría de casos.